El sino de los sin techo en Córdoba: noches de calor a la espera de la ‘furgo’ amiga
Decenas de personas sin hogar acuden a diario a los puntos de encuentro señalados por las entidades sociales de la Red Cohabita, que se reparten la atención nocturna al colectivo. Cruz Roja, Cáritas y Aperfosa tienen unidades móviles con las que recorren la ciudad para aliviar los rigores del frío y del calor a quienes viven en la calle

Una noche con Cruz Roja y las personas sin hogar de Córdoba / Manuel Murillo / COR
A menudo parecen invisibles. Alguien se sienta un día en un soportal, llama la atención de vecinos y viandantes y, al cabo de un tiempo, se incorpora a la escena como si fuera parte del mobiliario urbano. Otro día desaparecen, se llevan a otro sitio su molesto, a veces pestilente montón de mantas, su perro ciego, el humo de su cigarrillo, su cartel penoso y hay quien se alegra y quien se da cuenta al cabo de los días, cuando recuerda que semanas, meses atrás, un rostro desdentado lo miraba desde abajo al cruzar la calle. Con suerte, el que desaparece ha encontrado una habitación y con suerte, no volverá a sentarse en ninguna otra esquina.
En estos días de calor extremo, como en las noches de frío polar, las personas sin hogar resisten los rigores climáticos gracias a que la Casa de Acogida se abre por las tardes como refugio, a la atención que reciben en el comedor Prolibertas y la Casa Libertad y a las unidades de emergencia social de varias entidades que patrullan la ciudad en su busca para entregarles agua, gazpacho y leche fresquita y algo de comer. Los martes, jueves y domingos es el turno de Cruz Roja. Los lunes, miércoles y viernes, de Cáritas. Aperfosa sale los viernes.
Esta noche, los encargados de la furgo amiga son tres voluntarios de Cruz Roja: Antonio Rafael Martínez, expublicista y repartidor cordobés jubilado de 65 años; Miguel Ramos, joven militar de Antequera destinado en Cerro Muriano, y Paula Rodríguez, profesora de español a inmigrantes de 25 años. Salen de Noreña a las 21.00 horas con 85 lotes de atún, tomate frito, magdalenas y melocotón en almíbar, 8 litros de leche, Cola Cao y café, 9 litros de gazpacho y 15 de agua muy fría. Se dirigen a la avenida del Aeropuerto, junto a la sede de la Subdelegación, donde una docena de personas les esperan impacientes.
Circunstancias e historias dispares
Mientras Antonio y Paula toman nota de los nombres y DNI de cada uno, Rafael reparte los vasos y las bolsitas. Cuando ven la cámara y el cuaderno, algunos niegan con la cabeza mientras otros se acercan para contar su historia. «Soy Sebastián, de Tenerife, vine a Córdoba por amor y aquí me quedé», explica. Las circunstancias lo llevaron a la calle. «Ahora he conseguido alquilar una habitación, tengo una paguilla, pero se queda corta y vengo aquí por las noches», señala. A su lado, Mustafá sonríe. «Yo soy de Guinea, cuatro años en Córdoba, en la calle, algunos días con amigo, mucha calor, prefiero frío, en la calle todo es malo, pero ellos ayudan mucho», afirma señalando a los voluntarios. Le acompaña otro joven de Guinea que apenas habla español. Dice que llegó en patera con 16 años. Ahora tiene 17, pero lo han echado del centro de menores porque un análisis dijo que tiene 18. Según parece, la policía le retiró el pasaporte. «Llegué 9 de febrero 2025, duermo en la calle en Córdoba desde 4 de mayo, mucha calor, mis padres murieron 9 de junio de 2025 en accidente, no tengo familia, mi familia es Cruz Roja y Prolibertas», confiesa. Alrededor de la furgoneta, la vida transcurre ajena a las historias de los desheredados. La gente desconfía de los pobres y los pobres desconfían de quienes no les miran a la cara o les miran mal.
El destino siguiente lleva a los voluntarios a la plaza de Andalucía, donde otro grupo numeroso hace guardia. «No podemos entretenernos mucho porque si tardamos demasiado, los que están en las últimas paradas creen que no vamos y se marchan». Aiyon es marroquí, llegó a España hace un año y lleva tres meses en Córdoba, en la calle «porque no tengo dinero», explica, «es difícil, quiero arreglar papeles y trabajar». Dos hermanos jóvenes de Córdoba aguardan su turno. Aseguran que tienen casa y que están buscando trabajo aunque los voluntarios saben que su drama se vive de puertas adentro pese a que no dan detalles.
La vida entre cartones
Otro cordobés de 63 años, Rafael, y su novia, explican que llevan tres semanas durmiendo en cartones en un escondrijo. «Nos desahuciaron del piso de alquiler porque me quedé parado», asegura, «he trabajado como celador, tengo una paga, pero no hay ningún alquiler de 400 euros ni tengo ahorros para la fianza o aval posible». Dicen que «en la calle se pasa miedo, por mí no tanto, pero por ella sí, no respondo si alguien le hace algo», afirma sincero. Lleva las gafas pegadas con celo. «Me las han roto, me han tirado el móvil, me han pegado, por la tarde vamos a la Casa de Acogida, pero a las ocho hay que irse, no hay plazas para dormir», señala. Su hijo es médico en Málaga, pero no quiere decirle nada. «Si no encontramos algo pronto, tendré que llamarle, pero no quiero que sepa cómo estoy».

Cruz Roja con personas sin hogar que viven en la calle / Manuel Murillo / COR
En el bulevar, la historia se repite. Un aluvión de gente que parecía desperdigada acude veloz a la furgo amiga. Los voluntarios saludan y despliegan su sonrisa. Los miran a la cara, les llaman por su nombre y les preguntan cómo están. Ana Belén viene de Castellón, donde tenía problemas con el alcohol y las drogas. «Ahora estoy limpia, me han dado plaza en Proyecto Hombre, entro en unos días», asegura. Tiene hijos y nietos, «pero no saben que duermo en la calle», explica. Felipe Madueño tiene 68 y una paga de 620 euros. «Pago 250 por una habitación, mis padres murieron, todo está muy caro, hoy vine para pedir algo de higiene, pero no traen nada». Según Antonio, la mayoría son pacíficos, pero también hay gente problemática a la que no atienden «porque no respetan», comenta, «el 70% de los que vienen son nacionales y un 30%, extranjeros».
Hay quien parece vivir en su propia realidad. Juan Carlos dice que este es el último día que irá a pedirles, que es youtuber y tiene muchos seguidores y que está ganando algo de dinero. Dice que viene de una familia pudiente, que sus padres murieron y sus hermanos se olvidaron de él. Su gesto es amable y su mirada algo perdida. Imposible saber cuánto de verdad hay en los detalles de su historia, pero nadie puede negar que sufre pese a que sonríe.
En los árboles del bulevar, dos mujeres rumanas dormitan. Una sonríe contenta, le acaban de poner dentadura nueva. Dice que en Córdoba está bien, que su marido es malo y tiene muchas mujeres. La otra es su consuegra. Los hijos de ambas están en Rumanía. Cuentan los voluntarios que son muy trabajadores. En tres paradas, han atendido a 58 personas. «Hay más puntos fijos, pero desde aquí vamos mirando por si vemos más gente». Son una multitud invisible y silenciosa. El calor aprieta y aún queda mucha noche por delante.







