Las dos Ceutas frente a la crisis migratoria: del cabreo del centro a la solidaridad de la periferia
Ceuta tiene algo menos de 20 kilómetros cuadrados y unos 80.000 habitantes. Es más pequeña que el aeropuerto de Barajas, en Madrid, y prácticamente de igual tamaño que el barrio de Sarriá-Sant Gervasi en Barcelona. En la Plaza de España, en pleno centro, a mediodía las terrazas están llenas, los bares sirven microbocadillos por un euro y mojitos por seis. Aquí apenas se ven migrantes durmiendo en la calle o pidiendo ayuda. Sin embargo, es también donde más afloran las voces de enfado por la crisis migratoria.
“Ahí está el Banco de Alimentos. Es todo para ellos. Venga, que le den de comer y que le den de todo. Y nosotros cada día peor”, protesta una vecina. Otra considera que “tenemos que hacerles entender que no hay asilo, que hay órdenes de expulsión. Punto. Ya está. Que es que van a reventar Ceuta”. Una tercera añade que “la solución no es darles un techo. La solución es que se vuelvan a su país”.
A apenas diez minutos en coche, el paisaje cambia. De camino al barrio de El Príncipe se pasa por Loma Colmenar, donde miles de migrantes esperan un hueco en el campamento habilitado por las autoridades. En las calles y los alrededores duermen familias enteras; también menores y niños de apenas unos años que pasan las noches en tiendas de campaña. Algunas compradas. Otras, hechas con palos y telas o plásticos.
Es en esta parte de la ciudad, una de las más humildes de España y con una amplia comunidad musulmana, donde muchos vecinos se han organizado para ayudar. Ahmed asegura que ha visto entre sus vecinos “un ejemplo de solidaridad, de humanidad impresionante”. Relata que hay familias que “no pueden comerse un plato de comida sabiendo que en la puerta o en el callejón de su casa hay cuatro o cinco chavales o mujeres sentadas sin comer nada”.
Según explica, la ayuda llega de forma espontánea. “Cuando comen o cuando van a desayunar, sacan algo de comer, lo que puedan”. Y reivindica que, pese a las dificultades económicas del barrio, “somos un barrio humilde, un barrio pobre, como aquel que dice, pero sí solidario”.
La misma idea defiende Halifa. “Siempre han dicho que El Príncipe es un barrio peligroso, pero mira, al final somos los primeros que hemos cogido a la gente”.
Halifa explica que los vecinos comparten lo que pueden. “Cada uno saca lo que puede sacar, lo que tiene en su casa”. Cuenta que se quedó sin mantas ni sábanas después de repartirlas entre los recién llegados. “Prefiero quedarme yo sin nada porque mi situación no es igual a la situación de ellos”.
Halifa y Ahmed, junto a muchos voluntarios, montaron un improvisado campamento para unas decenas de mujeres y niñas. Cuentan que llegó un momento en el que ya no podían asumir más acogidas. “Hubo un momento en que nosotros ya no podíamos meter más gente”, afirma. Y asegura que todavía sigue viendo a numerosos menores en la calle: “Sí, sí, sí, muchísimos. Quedan muchísimos, pero muchos”.
En apenas unos kilómetros conviven dos realidades. La del centro, donde -aunque no todo es así- se concentran muchas de las quejas por la llegada de migrantes. Y la de los barrios periféricos, donde los vecinos conviven diariamente con quienes han cruzado la frontera y donde la respuesta ha llegado en forma de comida y mantas.






